Pensar demasiado
Pensar demasiado. Dormir demasiado. La vida transcurre y fluye y tu te quedas observando un detalle que te parece importante, la cuerda de tu barco amarrado en el puerto, mientras los demás siguen navegando. Algunos dicen que cambies de barco. Que el tuyo ya no sirve, que es diferente a los demás, que es o aparenta viejo.
Decides que no quieres navegar. No quieres fluir en un río que solo la sociedad sabe dónde va (aunque aparenta ignorarlo, cerrando los ojos con fuerza para no ver las cataratas). Quieres volar.
Así que pones tu pie tembloroso en tierra firme, ante las miradas de horror de los demás navegantes. "No tiene remedio", dicen. "No sabe lo que se hace", dicen de espaldas a la corriente, hipócritas ignorando adrede su destino.
Lo más fácil, si supiera volar, sería simplemente abrir las alas y lanzarme verticalmente al cielo azul noche. Pero como no se, subiré al tejado. Así que recorro las calles vacías, dejando atrás el olor a mar y el sonido de las olas para adentrarme en el plácido silencio de los adoquines. Camino grácil e ingrávida, casi despuntando, elástica, como una bailarina de la noche.
Subo esa calle que tanto conozco y tantas veces he recorrido en mi infancia. La puerta del final está abierta (siempre está abierta). Subo las escaleras para llegar al tejado.
Desde aquí se puede ver todo el pueblo y al horizonte, el mar. Me asomo al borde, con mi mirada fija a esa línea horizontal. Ya no veo los barcos, ni la gente. Solo su color tornasolado violeta y rojo oscuro como si de una puesta de sol se tratara.
Es bello, relajante y me llena de paz. De pronto pierdo la necesidad de volar. Ya habrá tiempo (y lugar) para aprender. Por ahora me dejo embrujar por ese cuadro, desde la distancia todo parece más pequeño, y aquello en lo que te fijabas y parecía importante, ya no existe.
No oyes nada ni nadie. La noche te abraza cálidamente y sonrío. Cierro los ojos, pues ya no los necesito.
Decides que no quieres navegar. No quieres fluir en un río que solo la sociedad sabe dónde va (aunque aparenta ignorarlo, cerrando los ojos con fuerza para no ver las cataratas). Quieres volar.
Así que pones tu pie tembloroso en tierra firme, ante las miradas de horror de los demás navegantes. "No tiene remedio", dicen. "No sabe lo que se hace", dicen de espaldas a la corriente, hipócritas ignorando adrede su destino.
Lo más fácil, si supiera volar, sería simplemente abrir las alas y lanzarme verticalmente al cielo azul noche. Pero como no se, subiré al tejado. Así que recorro las calles vacías, dejando atrás el olor a mar y el sonido de las olas para adentrarme en el plácido silencio de los adoquines. Camino grácil e ingrávida, casi despuntando, elástica, como una bailarina de la noche.
Subo esa calle que tanto conozco y tantas veces he recorrido en mi infancia. La puerta del final está abierta (siempre está abierta). Subo las escaleras para llegar al tejado.
Desde aquí se puede ver todo el pueblo y al horizonte, el mar. Me asomo al borde, con mi mirada fija a esa línea horizontal. Ya no veo los barcos, ni la gente. Solo su color tornasolado violeta y rojo oscuro como si de una puesta de sol se tratara.
Es bello, relajante y me llena de paz. De pronto pierdo la necesidad de volar. Ya habrá tiempo (y lugar) para aprender. Por ahora me dejo embrujar por ese cuadro, desde la distancia todo parece más pequeño, y aquello en lo que te fijabas y parecía importante, ya no existe.
No oyes nada ni nadie. La noche te abraza cálidamente y sonrío. Cierro los ojos, pues ya no los necesito.

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